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República de Weimar

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Los años de crisis (1919-1923)


Los primeros años de la República de Weimar fueron años de crisis política, crisis económica, financiera, y monetaria, intentos golpistas y separatismos, que sacudirán a la joven República hasta el final del año 1923. Los acontecimientos sucedieron a un ritmo de locura y su complejidad es frecuentemente inextricable. La nueva República sufrió la hostilidad de la burguesía nacionalista, del Ejército y de los grupos tanto de extrema derecha como de extrema izquierda.

Tras la radicalización de la situación de Baviera, en Berlín, en la primavera de 1919, Gustav Noske trató de eliminar completamente la oposición comunista, que considera el peligro más grave. A principios del mes de marzo, aliándose con los freikorps organizó una nueva represión sangrienta contra una huelga. En el curso de la cual el líder comunista Leo Jogiches, sucesor de Liebknecht y Luxemburgo, fue asesinado (10 de marzo), junto con varios centenares de obreros. Una represión análoga se organizó en algunas otras ciudades como Magdeburgo o Leipzig. En otros lugares, como en Sajonia, la situación era anárquica, más que revolucionaria, a veces, incluso, simplemente de terrorismo de extrema izquierda.[24]
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La reacción derechista y el golpe de Kapp


Aprovechándose de la oleada contrarrevolucionaria, la derecha reaccionaria atacó de frente y con una violencia cada vez más acentuada al régimen republicano; primero a través del parlamento, esencialmente del DVNP del ex ministro imperial Helfferich. En diciembre de 1919, Helfferich desencadenó una campaña de inaudita violencia contra el ministro de Finanzas Matthias Erzberger, poniendo en duda hasta su integridad personal y su capacidad política. Se llevó a cabo un proceso por difamación, que duró de enero a marzo de 1920, y apasionó a la opinión pública. Erzberger fue víctima de una tentativa de asesinato por parte de un joven nacionalista, pero, finalmente, el 12 de marzo, el juicio constituyó un éxito completo para Helfferich, al reconocer el tribunal el fundamento de las acusaciones. Esta victoria de los nacionalistas contra los republicanos obligó a Erzberger a retirarse temporalmente de la vida política. Al día siguiente del fallo judicial, el 13 de marzo a las 6 de la mañana estalló el putsch de Kapp, que canalizó el descontento latente en la Reichswehr, a todo lo largo del año 1919. La Reichswehr estaba amenazada por la reducción de tropas fijada por el Tratado de Versalles, así como por la exigencia de la extradición de ciertos criminales de guerra y la amenaza de disolución de los cuepros más abiertamente antirrepublicanos, como las dos brigadas Erhardt, estacionadas en Silesia, particularmente agistadas y ultranacionalistas, que de hecho llevaban ya la cruz gamada como emblema. El general Walther von Lüttwitz y Wolfgang Kapp, un alto funcionario prusiano, intentaron organizar este descontento e imponer una dictadura militar. La brigada de marina entró en Berlín, ocupando los ministerios y centros de poder. Noske, al saber lo que ocurría, pidió la intervención de la Reichswehr, pero Hans von Seeckt, uno de sus jefes, se negó, alegando que «La Reichswehr no dispara sobre la Reichswehr». Kapp fue proclamado canciller, mientras el gobierno huyó, refugiándose en Dresde y luego en Stuttgart. La población acogió con descontento a los ultranacionalistas, organizando rápidamente la resistencia obrera y popular. Estalló la huelga general, y en pocas horas Berlín quedó completamente paralizado. Al cabo de cuatro días, los golpistas victoriosos desistieron, y se fueron a sus casas, con lo que todo quedó en un fraude. No así en otras ciudades alemanas, donde hubo hasta 300 muertos. En todo caso, se había demostrado que los socialistas tenían en la huelga general un arma efectiva, y Noske, el organizador de la represión contrarrevolucionaria, perdió su puesto. Pero el fracaso del putsch Kapp no significó en modo alguno una victoria del régimen republicano. Muy al contrario, la intentona acabó con una amnistía general, la promoción de Seeckt al mando supremo del ejército y la negativa de una reestructuración total de la Reichswehr, más que comprometida con los golpistas. Diversos autores consideran que la indulgencia sistemática con los extremistas de derecha, en la creencia de que eran los únicos capaces de vencer al bolchevismo, fue uno de los elementos capitales del fracaso de la República de Weimar.[25]
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La reacción izquierdista


Además de por la derecha, la República se hallaba en peligro por la izquierda. De 1919 a 1923, cada año y de una manera permanente, se desarrollaron diversos movimientos obreros. A veces se trataba tan sólo de simples motines, y otras veces de auténticas insurrecciones e intentos de golpe de Estado. Inmediatamente después del putsch de Kapp se produjo una verdadera tentativa de putsch en la cuenca del Ruhr, despiadadamente reprimida. Se habló mucho del «Ejército Rojo», que ocupó varias ciudades en la cuenca del Ruhr. En Sajonia y en Turingia, Max Holz, más calificado más de bandido que de comunista, tuvo aterrorizadas a varias regiones. También aquí la represión fue terrible, pero Holz consiguió escapar.

1921 fue un año marcado por las tentativas revolucionarias. Se proclamó una huelga general, pero fue un fracaso. En Alemania central hubo combates de gran envergadura, especialmente en las fábricas Leuna de Mansfeld, en Sajonia, donde los combates se prolongaron varios días. El 31 de marzo todo había terminado, y unos meses más tarde, Holz fue detenido y condenado. Esto significó el hundimiento del comunismo alemán. El proletariado alemán no estaba por la revolución, y los continuos intentos golpistas de los comunistas los desacreditaron. Ello fue explotado por los nacionalistas, y allanó el camino al ascenso de Hitler diez años después.[26]
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Las elecciones de 1920


El putsch de Kapp se volvió contra la coalición de Weimar, que muy pronto conovcó unas nuevas elecciones. La Asamblea nacional, que aún estaba reunida, se disolvió y el primer Reichstag fue elegido el 6 de junio de 1920. Estas elecciones fueron un gran fracaso para la coalición de Weimar: los demócratas perdieron 29 escaños, los socialdemócratas 51 y el Zentrum 6, en tanto que los nacionalistas ganaron 22 escaños, los populares 43, los socialistas independientes 59 y los comunistas, que no presentaron candidatos en 1919, obtuvieron 4 escaños. La SPD, condenada por todos, era quien más perdía. Abandonó el Gobierno, y una nueva coalición «burguesa» se formó bajo la dirección de Fehrenbach (ZP). Con esta crisis, la correlación de fuerzas cambiaba sustancialmente, y la socialdemocracia se perpetuó en la oposición, salvo un breve período en coalición con el zentrum y los demócratas, bajo la cancillería de Joseph Wirth. Los partidos antirrepublicanos (DVP y DNVP) se convierten progresivamente en el los ejes de las coaliciones gobernantes, apoyados por una opinión pública hostil al pago de reparaciones y a las pérdidas territoriales dictadas en el tratado de paz.

Con esta victoria, la derecha no depuso las armas, sino todo lo contrario. Los años 1921 y 1922 se distinguieron por numerosos atentados políticos, destinado a producir un clima de inseguridad. En la extrema derecha se crearon varias organizaciones terroristas, la más conocida de las cuales fue la OC (Organización Cónsul]). Karl Gareis, socialista independiente y diputado del Landtag de Baviera, fue asesinado el 9 de junio de 1921. El 26 de agosto del mismo año fue asesinado Erzberger. Al año siguiente, el ministro de Asuntos Exteriores Walther Rathenau, el día 24 de junio de 1922.[27]

La hiperinflación

Desde el 23 de noviembre de 1922 el Gobierno estaba presidido por Wilhelm Cuno, del DVP, ex director de la compañía marítima Hamburg-Amerika, con el SPD nuevamente en la oposición. El nuevo gobierno se encontró con el problema de las reparaciones de guerra. Cuando se produjeron retrasos en las reparaciones, la Francia revanchista de Raymond Poincaré tuvo un pretexto para ocupar militarmente el Ruhr en enero de 1923. Impotente y totalmente desbordado por los acontecimientos, el gabinete Cuno desapareció entre la indiferencia general el 12 de agosto. El nuevo canciller, Gustav Stresemann, constituyó un gobierno de unidad (de la SPD a los populares), pero para entonces Alemania ya se había hundido en el abismo.

Cuando la Primera Guerra Mundial estalló el 31 de julio de 1914, el Reichsbank suspendió la convertibilidad de la moneda en oro, con lo que pudieron empezar a emitir grandes cantidades de papel-moneda. Al término de la contienda, su financiación había costado al Reich 185.000 millones de marcos, coste que debía duplicarse si se tiene en cuenta que el marco se vendía al término de la contienda a la mitad de su valor anterior. De estos 185.000 millones, ni tan siquiera la quinta parte (38.000 millones) procedía de impuestos, mientras que el 50% (97.000 millones) provino de empréstitos, y el 27% (50.000 millones) de bonos del tesoro a corto plazo. En 1918 el Reichsbank reconocía una deuda flotante de 49.000 millones,[28] y una acumulada de 96.000, en tanto que la cantidad de dinero en circulación se había incrementado de 2.900 a 18.600 millones. Los instrumentos de financiación a los que había recurrido el régimen imperial habían supuesto, por tanto, un crecimiento del 600% del déficit presupuestario y del 500% de la masa monetaria en circulación. En este sentido, la inflación era menor de lo esperado, ya que la depreciación de la moneda alemana con respecto al dólar entre 1914 y 1919 fue exactamente de la mitad: de la relación 1 dólar: 4,2 marcos, se pasó a 1 dólar: 8,9 marcos en enero de 1919. Los precios sólo habían subido un 140% para diciembre del 18, situación similar a la inglesa.

En lo concerniente a las reparaciones de guerra, tras varias reuniones preeliminares en 1920, la Conferencia de París de 1921 había fijado las mismas en 269.000 millones de marcos-oro, a pagar en 32 anualidades, cifra que fue reducida a 132.000 en la Conferencia de Londres. Independientemente del torpe método seguido para fijarlas, estas sumas eran una pequeñez en comparación con el esfuerzo que soportó la Alemania nazi para rearmarse militarmente. Las reparaciones venían a representar no mucho más allá del 1 ó del 2% del PIB, y en torno a un tercio del déficit; suponían en total 8.000 millones de marcos anuales, es decir, menos de la cuarta parte de los gastos bélicos alemanes cada año de la Primera Guerra Mundial. Estas reparaciones se pagaron con dinero prestado por los propios Aliados, que los alemanes jamás devolvieron. Entre septiembre de 1924 y julio de 1931 Alemania pagó, bajo los planes Dawes y Young, 10.821 millones de marcos reparaciones. No volvió a pagar nada más. Por el contrario, su deuda externa pública y privada importaba aproximadamente en el mismo periodo 20.500 millones de marcos, a los que se pueden añadir unos 5.000 millones de marcos de inversiones extranjeras en Alemania; en el mismo periodo Alemania invirtió en el extranjero unos 10.000 millones de marcos.[29]

Para hacer frente al incremento del gasto público provocado por su política social sin aumentar los impuestos, el gobierno alemán se empezó a imprimir cada vez más papel-moneda, aferrándose al error de que la devaluación de la moneda se debía, no a la expansión monetaria y crediticia, sino a la desfavorable balanza de pagos. Hasta enero de 1922, la moneda alemana se devaluó hasta 36,7 marcos por dólar, momento en que la inflación tomó proporciones anormales. A principios de 1922 los precios aumentaron aproximadamente un 70%, lo cual había causado un aumento de salarios (sólo del 60%). En diciembre de 1922 el dólar ya alcanzó el promedio de 7.592 marcos y después de la ocupación del Ruhr en enero de 1923, su caída no tuvo fin. Para entonces la mayoría de la gente había perdido todos sus ahorros, y los contribuyentes se dieron cuenta de que, simplemente con retrasar el pago de sus impuestos, la depreciación del marco los haría desparecer. La Hacienda se hundió, y el gobierno, cada vez con menos ingresos, se financió imprimiendo aún más billetes. El dólar pasó de 17.972 marcos a 350.000 el julio, 1 millón a comienzos agosto, 4 millones a mediados de mes, y 160 millones a fines de septiembre: el derrumbe del marco fue tan absoluto que dejó de funcionar como valor de cambio, con el consiguiente colapso de la economía alemana. Para octubre de 1923, el 1% de los ingresos gubernamentales procedían de los cauces habituales, y el 99% de la emisión de nueva moneda. En torno al 15 de noviembre se pagaba la inimaginable cantidad de 4’2 billones de marcos por un único dólar. Fue en ese momento cuando Hjalmar Schacht puso en vigor el Rentenmark, una moneda para uso interno respaldada por la riqueza económica del país. Algún tiempo después se creó el nuevo Reichsmark, que sustituyó a las viejas monedas a partir del 11 de octubre de 1924. Los antiguos billetes fueron puestos fuera de circulación el 5 de junio de 1925.

Pese a que el “milagro del Rentenmark” resolvió el problema de la hiperinflación y permitió estabilizar la economía, sus devastadores consecuencias siguieron siendo las mismas. Las diferencias sociales se acentuaron enormemente, y, como de costumbre, los más ricos no sólo no se vieron perjudicados por la hiperinflación, sino que salieron beneficiados. Las grandes empresas pudieron así librarse de sus deudas, reducidas a cero, muy rápidamente. Algunos grandes industriales, gracias a esto, pudieron multiplicar por diez su fortuna: el ejemplo típico es Hugo Stinnes, el llamado "nuevo Kaiser", que creó un inmenso trust industrial adquiriendo empresas arruinadas a precios bajos, gracias a préstamos que devolvió al cabo con marcos sin valor alguno. El poder económico salió fortalecido de la inflación, lo cual constituye la diferencia fundamental entre la crisis de 1923 y la que llevó a Hitler al poder a comienzos de los años 30.

La clase media, en especial los rentistas, quedaron arruinados mucho antes de que la inflación adquiriera proporciones delirantes. Los ahorradores perdieron tod su dinero, mientras que la gente que gastó su dinero en comprar inmuebles y bienes tangibles, la gente que más se endeudó, se había hecho rica. Para el alemán medio era el mundo al revés: las personas que siguieron las normas se vieron estafadas y traicionadas, mientras que quienes las violaron se enriquecieron. Además, unida a la pérdida absoluta del valor del dinero, se produjo un alza disparatada de los precios. La hiperinflación de 1923 acabó con la sociedad alemana de preguerra. La reducción del gasto público y las prestaciones sociales para equilibrar presupuestos llegaban en el momento en que eran más necesarios, después de que gran parte de la población se hubiera arruinado. Deprimidos y desengañados con el republicanismo, su clase política y el capitalismo mercantilista, el pueblo empezó a dar crédito a las nuevas alternativas, como el nazismo.

Ante la miseria, el hambre y la falta de atención sanitaria, el ocio se convirtió en un medio de evasión de masas, lo que creó una poderosa industria del ocio (unterhaltungsindustrief) en torno a la prensa, la radio y, sobre todo, el cine, en una verdadera ola de americanización y escapismo social. Fue una época de esplendor para teatros, clubs nocturnos y cabarets, un momento de excepcional riqueza intelectual y artística, con el auge de las vanguardias, representadas por Otto Dix y Bertold Brecht.
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